LA FAMILIA: CÉLULA VITAL DEFENSORA DE VALORES HUMANOS Y CRISTIANOS

“Vivimos en una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada por la aplanadora de las modas ideológicas y culturales, por la vida urbana que tiende a hacer la existencia de las personas inhumanas y deshumanizadora...”,  comenta Monseñor Norberto Rivera en su carta a las familias.

Cómo luchar contra esto, si no es desde el núcleo de las familias, pues es ahí donde el hombre descubre su verdadera identidad como persona, el verdadero sentido de su vida, que no se agota en la obtención de dinero, éxito, poder u otro tipo de satisfactores.

El hombre parece que ha dejado de ser una persona, para ser un eslabón más de las cadenas de producción, un objeto y no un sujeto individual con una dignidad personal, con afectividad; en definitiva, un ser humano único e irrepetible. Y es en el núcleo familiar donde la persona lo es en sí misma y no es un número más de las estadísticas; es alguien, no algo.

Todo esto nos habla de uno de los aspectos fundamentales de la verdad de la familia, que es su dimensión social. La familia nos hace ver que cada uno de nosotros no está llamado a realizarse en solitario, somos cada uno constructor responsable de la sociedad.

Una sociedad que destruye a sus familias se destruye a sí misma y, ¿qué pasa hoy, en nuestra sociedad, cuando se presenta a los padres como seres fuera de moda, por los que incluso se siente compasión y no respeto, cuando no existe una formación del carácter, en la madurez y en la voluntad, cuando llenamos a nuestro hijos de recompensas inmediatas y satisfactores materiales, cuando les queremos dar todo y no lo esencial?

¿Qué pasa en una sociedad cuando el tener y el hacer son más importantes que el ser, cuando vivimos para las cosas y para el hedonismo, cuando la bolsa de Louis Vuitton azul pastel, la más reciente agenda electrónica, el nuevo Ipod, el último video juego o la colección completa de muñecos de figuras de acción son lo más importante?

Una consecuencia inmediata de la pérdida de los valores se nota en la pérdida de la felicidad. Las familias contentas, que gracias a Dios vemos hoy en día, no son mayoría.

¿Cuántas veces vemos que los hijos ya no son más, una bendición para sus padres, sino un obstáculo para su propia realización, para el conseguir, el alcanzar y no obtienen esa felicidad que sólo proviene de poner nuestro corazón en un proyecto de vida superior?

No quiero pensar que sea una educación de mala voluntad o de falta de empeño, sino quizá es inadecuada. ¿Qué le falta?

Nos falta ser profesionales en nuestra tarea de educar. Todos tenemos una clara idea de lo que queremos para educar a nuestros hijos en valores, pero ¿cómo lo estamos llevando a la práctica? ¿Cuántas veces nuestros valores interiores no encuentran correspondencia en nuestra actitud diaria, en nuestro comportamiento?

¡Cuánto mejor sería llenar los 60 minutos de cada hora con amor, con generosidad, con alegría, con todo nuestro corazón puesto en ello! Pero además, con madurez como matrimonio formado, pues nadie puede dar lo que no tiene, es decir, no es una tarea de improvisación. No podemos detenernos en el camino, ¡hay que llegar al final, pues el que no avanza, retrocede!

Qué importante es el estar preparados con sólidos conocimientos en las áreas que afectan directamente a la familia, en la seriedad del ejercicio profesional, pero sobretodo, conscientes de que nuestro ejemplo de vida, nuestro testimonio y nuestro interés sincero por la familia, serán los instrumentos más valiosos para crear y promover dentro de la sociedad, actitudes y comportamientos positivos que preserven, defiendan, divulguen y enriquezcan la unidad y los valores sobre los que se asienta la familia.

De qué sirven todos los argumentos de origen intelectual, si no nos planteamos las preguntas: ¿qué vamos a hacer, desde hoy, por esos niños que Dios deposita con total y absoluta confianza en nuestras manos? Y, ¿cómo lograr esa unión y ese crecimiento de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestro colegio, de nuestra sociedad?

Queridos padres, si hemos elegido ser verdaderos padres por vocación, entonces pondremos todo nuestro empeño y amor en la formación de nuestros hijos. Estoy seguro que Dios y nuestra queridísima  madre la Virgen María nos ayudarán a cumplir con nuestra misión.

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Autor: Juan Céspedes
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