LA NUEVA ALIANZA

Tal vez hoy te has dado cuenta de que los años se pasan muy rápido. Vives para tu familia y quisieras quedarte con ellos siempre. Y justamente ahora, que estamos viviendo el tiempo litúrgico de Pascua, del “paso” del Señor. Pero este pasar del Señor por el mundo no es un recuerdo, sino que se ha quedado con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Y se queda como lo más común y necesario que tiene el ser humano: comida; en este caso, alimento espiritual que contiene a Cristo completamente . Todos tenemos la experiencia de lo placentera que es una buena comida, ahora imagínate como lo será para nuestra alma, que no tiene necesidad de mostrar materialmente lo que le ocurre.

Parece una locura, ¿verdad? En realidad es la “locura” más grande hecha por Dios. Como afirma el patrono de nuestro colegio: «El más grande loco que ha habido y habrá es Él. ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se entrega, y a quienes se entrega? Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo comida, se hizo Pan. -¡Divino Loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo mismo?» (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Forja, nº 824).

Es la gloria del Todopoderoso escondida en algo común y corriente, pues esos imperativos pronunciados en la Última Cena: «Tomad y comed... Tomad y bebed...» (Mt 26, 26-27), palabras que Jesús dirige a sus discípulos en aquella sala del piso superior de una casa de Jerusalén, la última noche de su vida terrena (cfr. Mc 14, 15), están llenos de significado.

En la mentalidad judía la sangre contiene la vida de un ser y por eso se ofrecía la sangre en los sacrificios que actualizaban la Alianza con Yahvé. Se entiende entonces que Jesús ofreciera esa noche, además de su cuerpo, su sangre: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza» (Mc 14, 24), de la misma manera que Moisés había declarado en el monte Sinaí: «Ésta es la sangre de la alianza» (Ex 24, 8). Por eso, cada vez que comulgamos, especialmente los domingos, participamos consanguíneamente de esa Nueva Alianza, ofreciéndonos con Dios Hijo al Padre: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él». (Jn 6, 56; cfr. 15, 4-9).

Esa permanencia (del término griego “ménein” que significa: “permanecer, morar”) de Jesús en nosotros, genera una íntima transformación en nosotros que nos debe llevar a mostrar al Cristo que ahora vive en nosotros . Es entonces donde la vida moral del cristiano adquiere sentido al vivir para los demás por Cristo. Así cuidar a los hijos, atender a los padres, preocuparse por los amigos, trabajar con ahínco, etc., todo adquiere la visión nueva de un cristiano que hace las cosas unido a un Dios que vive en nosotros. Pero esto lo veremos en otra ocasión…

_________________________________________________________________

Autor: Padre Ronald Olivera Ríos
[Home page]