SANTIFICACIÓN EN EL TRABAJO ORDINARIO

Dicen que el momento más pesado de la semana es el despertar del día lunes. Todos pasamos por la experiencia de decir: “oh no, otra vez a trabajar” (traducido a los chicos: “oh no, otra vez al colegio”)

Pareciera que es un castigo que debemos sufrir los hombres hasta el fin de nuestros días… ¡qué equivocación! En el paraiso, Adán, antes de pecar, fue creado para trabajar (“ut operaretur”, cfr. Gen 2, 15). Sin embargo, es muy difundida la actitud de tomar el trabajo con resignación. Como afirmaba nuestro Patrono: «Unos por dinero, otros por mantener una familia; otros, por conseguir una cierta posición social, por desarrollar unas capacidades, por satisfacer sus desordenadas pasiones, por contribuir al progreso social. Y, en general, se enfrentan con sus ocupaciones como una necesidad de la que no pueden evadirse» (SAN JOSEMARÍA, Amigos de Dios, nº 57).

No es un castigo, es más bien, la expresión de la dignidad del hombre como “guardián de la creación”. Me parece que el error procede de una deformación del cristianismo que supone establecer una separación entre el hombre y el cristiano: se da cuando la fe no informa a fondo ni los pensamientos, ni las acciones. Como recuerda el Concilio Vaticano II, «el Verbo de Dios hecho El mismo carne (...) advierte que la caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria» (Gaudium et spes, 38).

Para un cristiano, nada queda al margen de la llamada que Dios le dirige. «La fe no aparta al hombre del mundo que le rodea para conducirlo a otro diverso, sino que le hace ir a lo hondo de este mundo -el único dónde vivimos- del que le da a conocer su plenitud de sentido» (J. L. ILLANES, Ante Dios y en el mundo, Pamplona 1997, p. 131). El trabajo no es algo que aleje al creyente de Dios, «al contrario, le impulsa a asumir todas las incidencias y situaciones de la vida con la responsabilidad de quien sabe que precisamente a través de todas ellas Dios le habla, y que en todas ellas Dios le espera» (ibid).

Todos estos aspectos se iluminan mejor con el resplandor de la vida de Jesucristo: a través de los años de su vida oculta, quien durante treinta años se ocupó del trabajo manual como artesano (Mc 6,3) y era conocido como "hijo del carpintero" (Mt 13,55), revelándonos así el valor, la dignidad y la necesidad natural del trabajo, yendo como siempre por delante para ser nuestro modelo.

Cuando después en la vida pública trabajó en buscar almas, y será tanta su actividad que, como indica San Marcos, no le dejaban tiempo ni para comer (Mc 3,20; 6,31). Por otra parte, "mucho antes de amanecer", se levantaba e iba a un lugar retirado para orar (Mc 1,35), o incluso pasaba la noche en oración (Lc 6,12). Por eso, no es de extrañar que durmiese sobre la barca (Mc 4.38), o que, fatigado del camino, se sentase junto a la fuente de Jacob al pasar por el poblado de Sicar en Samaría (Jn 4,6).

De esta manera, Jesús se presenta no sólo como ejemplo del trabajor sino como quien mejor puede comprender las dificultades que con frecuencia comporta el trabajo duro y apretado de nuestra vida. Por eso, nos dice: "Venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11,28). Así, siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador podemos realizar nuestro trabajo como medio de unión con la voluntad de Dios.

Podemos entender ahora lo que San Josemaría decía en una homilía. Por eso, les ofresco una cita larga que no he querido cortar porque no tiene pierde leerlo completo:

«Desde el comienzo de la creación, el hombre -no me lo invento yo- ha tenido que trabajar. Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras páginas, y allí se lee que -antes de que entrara el pecado en la humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las penalidades y la miserias- Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custo diret illun, con el fin de que lo trabajara y lo custodiase. Hemos de convencernos por lo tanto, que el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone com o una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretenden eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado orginal, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos moderno. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Io 4, 36: el hombre nace para trabajar, como las aves para volar. (Job 5,7)» (SAN JOSEMARÍA, Amigos de Dios, nº 47).

Y es desde esta perspectiva que San Josemaría ponía de relieve una de las características del espíritu del Opus Dei: «Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo» (SAN JOSEMARÍA, Conversaciones, nº55). El trabajo realizado de la mejor manera posible y ofrecido como un regalo a Dios se convierte en materia de santificación. Pero, sobre el trabajo santificado hablaremos en otro artículo…

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Autor: Ronald Olivera Ríos
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